25 ago. 2011

La integración de los pueblos y las creencias


En algunos esquemas de interpretación se considera la situación económica como lo común entre las diferencias. Entonces un americano, un africano y un chileno bajo el sueldo mínimo podrían encontrarse en su dificultad de subsistencia. Un gordo de Wall Street, podría encontrarse con un ricachón japonés o Coreano o con un jeque árabe por tener el mismo poder de consumo.

Pressenza Santiago, 8/24/11 Esta interpretación es propia del modelo de globalización que consideran el dinero, el consumo, el crédito como el valor de integración entre los pueblos. Sin embargo una simple mirada a las sociedades actuales da cuenta que las divisiones, la discriminación, las fuerzas centrifugas y desintegradoras de la sociedad van creciendo y nuestra pregunta sobre lo que une a los pueblos y al ser humano va quedando como una aspiración lejana.
Lo común es el ser humano. Lo humano es lo que tenemos en común. Lo humano es lo que somos y compartimos. Cada uno tiene sus propias costumbres y creencias, pero todos somos humanos. Es lo esencial de cada uno y de todos. Entre un árabe y un judío, un aristócrata y un muerto de hambre, ambos son seres humanos. Pero como se experimenta al ser humano. Rara vez experimentamos a ese ser que vive en nosotros. El nombre, la cédula, el estado civil, la religión y el color de piel, no es lo humano, no es lo que somos. Confundimos lo humano con esa nomenclatura y confundimos lo que somos con nuestra identidad. Confundimos lo que somos con nuestra nacionalidad, confundimos lo que somos con nuestras posiciones ideológicas, confundimos lo que somos con nuestras creencias religiosas o con nuestras creencias intelectuales. En esa confusión creyendo que soy algo muy tangencial de lo que realmente soy, es decir afirmando que soy algo que no soy, es decir afirmando que soy un nombre, un número o un lugar, o una creencia, me diferencio, me alejo y me separo del otro que también afirma ser lo que no es. Antes que judío o palestino soy un ser humano, antes que creyente soy un ser humano. Si estamos de acuerdo con esto, también tenemos que reconocer que no nos experimentamos como seres humanos, nos experimentamos más bien como identidad separada de los demás y no en lo que tenemos en común en nuestro ser, en nuestro ser humano.
Cada vez que identifico lo humano con una particularidad, con el nombre por ejemplo, estoy reduciendo lo humano a esa particularidad. Si identifico lo humano con la nación, estoy deshumanizando, reduciendo lo humano. Esa deshumanización es de mi persona y además del otro porque lo experimento sólo en su aspecto de su pertenencia a un estado. Al reducir la humanidad, al deshumanizar no puedo experimentar lo humano. Lo humano es inapresable para los sentidos y para los conceptos. Un concepto intenta apresar una realidad, pero la realidad humana no es apresada por el concepto de “lo humano”. Lo humano es mucho más grande que el concepto que intenta apresarlo, y lo que sucede es que el concepto pierde el significado de lo humano.
Por esto quizás es mejor referirnos a lo humano en términos de movimiento y de proceso. Hablamos de humanización y de deshumanización. La Humanización sugiere que lo humano va creciendo, se va ampliando y siempre puede ganar un grado más de humanidad en una asíntota sin fin. La deshumanización de igual modo, nunca podrá anonadar totalmente al ser humano, siempre quedará algo de humanidad que se podría deshumanizar o desde donde una chispa de lo humano encenderse y alumbrar nuevamente el proceso de humanización.
Pero nuestros sentidos y nuestros conceptos no captan lo humano, tratan de atraparlo y fijarlo y al fijarlo lo pierden, porque la esencia de lo humano es libertad. Judío o palestino, católico o budista, izquierdista, siloista, es una parcialidad, una identidad que no comprende mi humanidad.
Amo a mis hijos, a mi pueblo, mis tradiciones, la música que me trae los ecos de tiempos idos y los cuentos y las historias que me recuerdan el retorno a la armonía del hogar. Y en ti, reconozco ese mismo amor a tus hijos, a tu pueblo, a tus tradiciones, a tu música que te trae los recuerdos de tiempos idos, y tus cuentos que te recuerdan el futuro, y cuando me acerco a ti, me reconozco en ti, y puedo vivir mi amor a lo mío, sintiendo tu amor a lo tuyo.
Lo común es que somos humanos, algo muy único y especial habita al interior de cada uno y es para su cuidado, su múltiple expresión lo que da sentido a uno y a las sociedades. La libertad es un atributo humano, y la humanización es la misma libertad que se abre paso.
El sentido de una sociedad es el desarrollo de los seres humanos, y allí donde se anudó la discriminación, el sentido de la sociedad es destrabar ese nudo para abrir paso a la corriente de la humanización.